Libro de estilo de la Justicia

En los últimos meses se han publicado distintas obras que son relevantes para uno de los temas que reciben un mayor seguimiento cada vez que lo trato en el blog. Se trata del lenguaje jurídico. A todos debe preocupar emplear de la mejor forma posible ese lenguaje porque al fin y a la postre vivir el Derecho es utilizar de manera óptima ese lenguaje, en su expresión oral o escrita, sea en el ámbito académico o en el profesional.

 

No ha transcurrido mucho desde que la Real Academia Española y la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación hayan puesto a disposición de todos los juristas dos relevantes diccionarios (Diccionario del español jurídico de la Real Academia Española y Diccionario jurídico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Cizur Menor 2016).

 

Posteriormente, la Real Academia Española y el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) se han unido para la elaboración y publicación de otro libro igualmente necesario para quien esté preocupado por escribir o hablar mejor cualquiera que sea su intervención en el mundo jurídico. Se trata del Libro de estilo de la Justicia (Espasa, Barcelona 2017, 437 páginas). La finalidad de esta obra la explican el prólogo del Presidente del CGPJ y la presentación de su director. Parten ambos de los defectos habituales en el lenguaje de los juristas, que cabe sintetizar en su frecuente oscuridad y en su tendencia al fárrago y a confundir razón con extensión. Los destinatarios de la obra no son sólo los jueces, sino todos cuantos se relacionan con la Justicia, ya sea por razones profesionales (procuradores, abogados, etc.), o en su condición de destinatarios de cuanto a través de ella se ventila.

 

La elogiable iniciativa sigue el camino iniciado en otros Estados y, como se señala expresamente, por las instituciones europeas. Así como es manifiesto que el lenguaje de las sentencias del Tribunal Supremo ha cambiado notoriamente en los últimos decenios, de forma que la terminología, estructura y sintaxis facilitan su comprensión, también asistimos a medidas destinadas a simplificar y reducir la intervención de los abogados, por ejemplo limitando la extensión de determinados escritos.

 

Ahora bien, conviene no dejarse llevar por la caricatura o por las buenas intenciones a la hora de ignorar lo obvio. No nos costará mucho encontrar ejemplos de sentencias incomprensibles para cualquier lector – incluso para el avezado – pero ello no puede llevar a esgrimir tal o cual sentencia como ejemplo del lenguaje general de todos nuestros Tribunales. Lo mismo sucederá con los escritos de tal o cual abogado, criticables por su extensión, estilo o, incluso, errores ortográficos. Un escrito o un discurso ordenados y precisos no dependen con frecuencia sólo de las habilidades de su autor. Que la prueba o la norma jueguen a favor ayuda. Cuando sucede lo contrario, la confusión y el desorden aparecen como recursos para luchar contra la evidencia. Al igual que sucede con los exámenes universitarios: quien ha estudiado responde con seguridad y concisión a preguntas concretas. Quien no lo ha hecho utiliza las hojas del examen para adentrarse en la ficción y, sobre todo, para escribir mucho, pensando que el número de páginas se ponderará en la calificación.

 

El lenguaje de las máquinas

 

No quiero terminar esta entrada sin recoger una paradoja. Cuidar el lenguaje jurídico es algo que debe iniciarse en las Facultades y continuar cada día en la actividad profesional correspondiente. Los libros que he citado son referencias obligadas para intentarlo y conseguirlo. Pero ese esfuerzo individual no puede ignorar la influencia de la tecnología. No ya porque facilita el buen hacer, pero también el malo, sino porque condiciona cada vez más la propia actividad profesional. La informática permite utilizar las experiencias acumuladas (propias o ajenas) para adaptar el lenguaje a cada caso. Parece, además, que los avances tecnológicos ya llevan a plantear dejar en manos de la inteligencia artificial tanto ciertas actuaciones de los abogados, como de los propios jueces. Sirva como apunte la columna de Laura Saiz en Expansión: ¿Estás preparado para trabajar con un abogado robot?

 

Ofrece un análisis de mayor calado el libro de Joana Goodman, Robots in Law: How Artificial Intelligence is Transforming Legal Services, Londres, 2016, cuya consulta me ha llevado a la web https://www.artificiallawyer.com que amplía la información sobre esta tendencia y realidad.