Otra opinión sobre la reforma de las cajas

He leído en los últimos años con especial interés las contribuciones que el Profesor Ariño ha ido haciendo con respecto al régimen aplicable a las cajas. Recomiendo esa lectura a quienes sigan el interesante deambular de nuestras cajas por el proceso de reestructuración iniciado hace unos años y que resulta deseable que llegue a su culminación cuanto antes. En esta ocasión, el Profesor Ariño publica un artículo de opinión en Expansión con el título “Las cajas: El funeral”.

Su reflexión parte de una reciente intervención del Gobernador del Banco de España:
“Fernández Ordóñez quiere que se avance en la reducción de los órganos de gobierno de aquellas cajas que han traspasado su negocio financiero a un banco (son todas), quiere que éstos coticen en bolsa y que una ley obligue a las cajas a que, en un plazo razonable, dejen de participar en forma significativa en el capital de las entidades de crédito; que con lo que les den por su venta inviertan en lo que crean conveniente para seguir desarrollando la obra social, convirtiéndose en simples fundaciones. En una palabra, el Sr. Gobernador quiere que las cajas desaparezcan de una vez porque su presencia es perturbadora”.
Esa opinión no cuenta con el respaldo del articulista, que considera que  en la actividad de las cajas existían distintas razones para seguir confiando en su modelo, sin caer tampoco en una apuesta absoluta por su conversión en bancos:
“El Sr. Gobernador tiene una fe inconmovible en que la sociedad mercantil bancaria, por disciplina del mercado, tiene como único objetivo “minimizar las pérdidas y aumentar el valor de los accionistas”, frente a las cajas, en las que sus dirigentes tratan sobre todo de mantener el poder, el nivel de las retribuciones y prejubilaciones y asegurarse de dónde se colocan las sedes, amén de otros muchos vicios que han quedado acreditados en su funcionamiento. Frente a ello, los bancos son eficientes, diligentes, buenos y creadores de riqueza para todos.
Yo coincido en que los problemas que las cajas vienen padeciendo desde la Ley de 1985 han sido crecientes y ni los gobiernos, todos, ni las cajas, los han sabido o querido corregir; han ido a peor y hemos asistido a espectáculos políticos y retributivos horrendos. Pero en indemnizaciones por prejubilación, blindajes, sueldos y bonus pagados por los bancos, éstos no les van a la zaga (los escándalos han sido iguales o mayores).
Pero eso no es razón suficiente para acabar con las cajas, que tienen muchas virtudes y han dado pruebas suficientes de servicio a la sociedad, de una inmensa obra social y también, de la capacidad de competir en el mercado de crédito. Las cajas hay que depurarlas, modificar su regulación y definir mejor la ordenación de sus poderes, articular su rendición de cuentas y otros cambios que en su día expliqué en un pequeño libro de hace dos años (G. Ariño, La necesaria reforma de la Ley de Cajas de Ahorros. Civitas, 2010). No creo, en cambio, en la pureza absoluta, inmanente y sin mácula de las actuales entidades bancarias, a las que también hay que regular mejor, supervisar mejor y exigirles una RSC mayor que hasta ahora. Han acreditado, los bancos también, en los últimos años vicios de todo tipo que los supervisores no corrigieron a tiempo. No programemos ya el funeral de las cajas. Tratemos de corregirlas… y salvarlas”.
Madrid, 20 de abril de 2012