Inversores v consejeros delegados

Encuentro un nuevo motivo para volver sobre el tema del activismo de los llamados inversores institucionales. Lo hago al hilo del reportaje que incluía en su reciente edición del fin de semana Expansión (v. “Icahn y Peltz extienden la rebeldía inversora”, edición en papel, sábado 22 de octubre de 2016, pp. 4 – 5) y en donde describía la tendencia creciente por la que una serie de inversores vienen a desarrollar lo que la información califica como “rebeldía inversora”. Los datos de la información parecen estar tomados de estudios elaborados por la consultora FTI Consulting y lo que ponen de manifiesto de una manera más general es lo que sabemos a través de los distintos episodios que reflejan la discrepancia de los llamados inversores institucionales, que se convierten en accionistas significativos, con la gestión de una determinada compañía cotizada.

 

La expresión principal de ese activismo la encontramos en medidas concretas que son notorias desde el punto de vista del gobierno de cualquier sociedad cotizada y que tienen como episodios más relevantes la incorporación de un representante de ese inversor al consejo de administración, con lo que su influencia en la gestión va a hacer que disminuya su discrepancia abierta con la marcha de la misma (pues se supone que la discusión pasa la sala del consejo) y, por supuesto, la capacidad de esos inversores de conseguir el relevo del consejero delegado.

 

Como he señalado en sucesivas entradas dedicadas a esta figura, en el consejero delegado se concentra todo lo bueno y lo malo de la gestión que desarrolla una gran compañía. No deja de ser paradójico que la presencia de una masa anónima de accionistas se traduzca en la concesión de un enorme poder económico y de decisión en manos de una sola persona, a quien se confía y se responsabiliza de todo lo nuevo y malo que a la empresa sucede.

 

No hace mucho me refería a la clasificación que reconoce a los mejores consejeros delegados, pero terminaba señalando que incluso los más reputados acaban sucumbiendo a la tiranía de los resultados financieros. Es lo que parece deducirse de la información de Expansión, que se encarga de ilustrar cómo la influencia de determinados inversores ha determinado en distintas multinacionales el cese y consiguiente sustitución de su consejero delegado.

 

La batalla no suele ser simplemente entre un consejero delegado y un concreto inversor o accionista. El éxito de este último radica en que a partir de una posición relativamente pequeña en el capital social, termina teniendo una influencia suficiente para provocar cambios tan fundamentales como los antes descritos. En definitiva lo que se pone de manifiesto es que volvemos a estar en la tensión típica de las sociedades cotizadas entre la propiedad y la gestión. En aquellas sociedades en donde la propiedad está extremadamente diluida, el hecho de ser un accionista minoritario no priva de la capacidad de acabar influyendo de manera decisiva en la gestión. Sobre todo porque ese crítico está legitimado por la propiedad de una participación en el capital, cuyo valor (al igual que el del resto de acciones) se dirá que depende de los aciertos y errores de la gestión que encarna el consejero delegado. Sin lugar a dudas, los consejeros delegados viven (y sobreviven) de la confianza de los inversores y la crítica abierta por uno de ellos solo va a encontrar una adecuada defensa en el respaldo de muchos otros. En el momento en que estos últimos no adoptan una posición activa de apoyo al consejero delegado, la suerte de este último está echada. Ese será el triunfo del inversor institucional, que al fin y al cabo ha alcanzado su objetivo a partir de la propiedad de un paquete de acciones. La rebeldía frente al consejero delegado se habrá contagiado a la mayoría.